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Sabrina pensó en Harvey, su novio mortal, que aún no sabía que ella era una bruja. Pensó en las mentiras, en los hechizos de memoria que había lanzado para protegerlo. Pensó en lo cansada que estaba de esconderse.

—Sabrina.

—He visto algo en el sótano que deberías revisar. Un espejo. Habla.

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—Porque tenía miedo de perderte —respondió, con la voz quebrada.

Sabrina arqueó una ceja. «Un espejo que habla. Cosas de brujas, vaya». Bajó las escaleras de caracol con cuidado, encendiendo una vela con un chasquido de dedos. En el rincón más oscuro, cubierto por una sábana bordada con runas, encontró el espejo. Era antiguo, con un marco de ébano y pequeñas calaveras de plata. Sabrina pensó en Harvey, su novio mortal, que

—Sabrina… la del padre humano. Tienes un deseo pendiente, niña. ¿Qué cambiarías de tu vida?

Esa noche, Sabrina y Harvey comieron pastel de manzana encantado (que sabía a canela y sinceridad), y ella entendió que ser bruja no era solo lanzar conjuros, sino saber cuándo no hacerlo.

—¡Ahora voy! —respondió, guardando el libro bajo la almohada. Pero justo cuando se levantó, Salem, su gato parlante, saltó sobre la cama con un gesto malicioso. —Sabrina

Entonces pasó algo extraño. El hechizo del espejo se rompió por sí solo, no con magia, sino con el peso de la verdad. El espejo del sótano se agrietó de arriba abajo, y Salem, desde la ventana, maulló:

—Dime tu nombre —susurró el espejo con voz de caramelo quemado.

—Quiero que Harvey sepa la verdad… sin que me odie.

Sabrina Spellman suspiró mientras cerraba el viejo libro de hechizos que había encontrado en el desván. «Cosas de brujas», murmuró con una sonrisa. Afuera, en Greendale, la luna llena iluminaba los árboles como si fueran de plata.